Artículo publicado, bajo su responsabilidad y falta de criterio, en el LLibret de la Falla Raval de Gandia en el año 2013
El día en que Q se despertó y dudó si gastarse dos euros en desayunar supo que, ahora sí, la crisis le había alcanzado. Y eso que había corrido, pero había corrido sin dirección para estar en sintonía con la desorientación de todo el mundo en estos años. ¿He dicho desorientación? Vaya, envejezco por momentos pues quería decir incompetencia.
Q no sabía que un señor muy listo, listísimo, decidió sacarle dinero a sus conciudadanos pensando que eran tontos resultando que eran tontísimos o, al menos, inocentes, y se dejaron engañar por unas hipotecas llamadas sub-prime, que se concedía a gente sin medios suficientes para comprar y mantener una casa. Pero los que manejan la pasta no eran tontos, no, y albergaban la esperanza de que estas personas no pudieran pagar dicha hipoteca, pudieran embargar la casa y volverla a vender pues el precio de los inmuebles subía, subía y subía hasta el infinito y más allá.
Esas hipotecas, por si había algún listo que se diera cuenta del engaño, se juntaron en paquetes de muchas hipotecas y se vendieron a otros bancos y compañías aseguradoras que no es que fueran tontas, es que eran avariciosas. Bancos de todo el mundo compraron dichos paquetitos que eran como los frutos secos variados; incluso había pasas, que nadie las quiere, pero se las comían igual.
Y un día pasó lo que tenía que pasar: las casas no subieron, hubo mucha gente que no podía pagar, los bancos palmaron pasta y los seguros, no tan seguros, se fueron al mismísimo carajo. Cerraron grandes bancos y grandes compañías aseguradoras.
Todo esto pasó en Estados Unidos y durante meses los bancos españoles y europeos dijeron que aquello quedaba muy lejos, que ellos no hacia esas cosas y, sobre todo, que no habían comprado paquetitos de esos porque tenían mucho riesgo. Pues era casi cierto pues el impacto en los bancos españoles no fue demasiado grande pero, y de esto sabemos mucho aquí y desde hace mucho tiempo, el asunto de la avaricia sí que caló. Vaya que sí caló.
Nuestras Cajas de Ahorros tomaron nota, y los bancos en menor medida, y decidieron lanzarse en desbocada carrera a canjear ladrillos por euritos, dando igual donde se pusieran estos ladrillitos: en edificios, adosados, palacios de congresos o ciudades de artes y ciencias.
Pero – la avaricia también la puedes dejar cuando quieras, aunque siempre lo aplazas – cuando se iba a pedir una hipoteca, y escuchando el director el tintinear de los euritos en la cesta de los intereses, se le decía a los clientes que, ya que estaban allí, y que la buena marcha de la economía llena de gozo nuestros bolsillos, pues que pidiéramos más dinero para un coche, o para un viaje, o para amueblar la casa. O porque no para todo a la vez. Que la vida es tan predecible que todo seguirá igual por los siglos de los siglos.
Y millones de personas picaron, y millones de personas pidieron más dinero del que podían asumir incluso teniendo trabajo, pero no pasaba nada pues todos los salarios iban a subir tanto que no cabrían los ceros en las cuentas corrientes de los bancos.
Los promotores inmobiliarios también se sumaron a la fiesta y empezaron comprando terrenos asumiendo un cierto riesgo para luego trasferir dicho riesgo a las cajas, algo que ellas asumieron con gusto porque, como ya sabemos, nada podía fallar. El mundo era de color marrón ladrillo.
Y total, en el improbable caso en que el señor Q se quedara sin trabajo ¿no estaban los gobiernos autonómicos, ayuntamientos y el gobierno de la nación haciendo maravillosas obras inútiles emitiendo deuda pública a intereses muy bajos? Esto no podía fallar: casa, coche, muebles y viaje. Al señor Q sólo le faltaba alguien con quien vivir en esa casa con esos preciosos muebles, ir en coche a restaurantes de lujo y llevarla a la Sheychelles un mes entero. Pues, y no se asusten los bien pensantes lectores, también se puede comprar una novia pero esos préstamos los dan señores rusos, mal encarados y con cierta tendencia a la usura y a finalizar el préstamo de forma expeditiva con dos tiros en la cabeza.
El caso es que muchos aceptaban esos préstamos personales. A los políticos les dábamos palmaditas en la espalda, les hacíamos reverencias a punto de costarnos una hernia cuando hacían obras utilísimas y necesarias – absurdas para quien no se haya dado cuenta de la ironía – los medios de comunicación llamaban “grande” al político de turno y todos felices y contentos sin tener en cuenta que el dinero del préstamo lo teníamos que pagar mes a mes de nuestro bolsillos y las malditas obras faraónicas año a año de nuestros impuestos. Y esto, esto si fue culpa nuestra.
Y de repente un día, de forma incomprensible en un mundo tan perfecto, alguien dejó de pagar a sus trabajadores – Q entre ellos -, y el préstamo del banco pero, eso sí, siguió disfrutando de su coche porque todo estaba puesto a nombre de sus hijos o de su mujer.
La entidad financiera tuvo que comerse el préstamo del señor - por decir algo – constructor. Los trabajadores aprendieron donde estaba la oficina del paro, que duró y duró y no pudieron hacer frente a sus hipotecas (engordadas o no). El banco se tuvo que quedar con esos pisos que, también de forma incomprensible, habían perdido valor respecto a una más que sospechosamente inflada tasación. Y esos pisos, en el improbable caso de venderlos, harían perder dinero a tan humanitarias organizaciones. El marrón ladrillo se tornó marrón mierda.
Así que ya tenemos empresarios – ahora llamados emprendedores – perdiendo dinero, bancos con pisos sin vender o bajando su valor, y trabajadores (Q) parados porque, ya no hay obras de Calatrava en las que trabajar. Y cuando muchos empresarios pierden dinero, muchos trabajadores se van a la calle. Y cuando muchos trabajadores se van a la calle mucha gente no compra cosas que otros empresarios producen. Y cuando muchos empresarios no venden, más gente se va a la calle. Y esa gente no puede hacer frente a sus hipotecas, y los pisos se los queda el banco, y esos pisos han perdido valor, y el agujero de los bancos se hace más y más grande. Y ese agujero hace que no se les pueda dar dinero a las empresas para que sigan invirtiendo en su negocio habitual porque ahora, de repente, los bancos descubren eso llamado riesgo y las empresas no pueden seguir con su actividad normal o crearse nuevas. ¿Hace falta que siga o ya saben cómo acaba esto?
¿Y los organismos públicos? Muy bien, son ustedes unos buenos alumnos. En realidad también se habrán dado cuenta que las cosas no les han ido bien del todo al ver que la educación de sus hijos no es lo que era, que la sanidad tampoco lo es y, además, es un poquito más cara, que las obras faraónicas se han parado y, que para variar, tampoco pagan a proveedores. Pues los organismos se han dado cuenta de que intereses bajos no quiere decir que no haya que pagar la deuda, y que para pagarla hay que pedir una nueva deuda – lo que se llama refinanciar – y que ahora los intereses no son tan bajos como antes y nos cuesta una barbaridad obtener dinero para una deuda anterior. Diabólico, ¿verdad?
¿Por qué nos cuesta más? Muy sencillo, cada vez se confía menos en que se pueda pagar dicha deuda y esa confianza para los inversores se llama interés. ¿Tú quieres que te preste dinero ahora que hay riesgo de que no me pagues? Perfecto, págame más intereses para convencerme. ¿Qué me pagas el 3% con el paro que tienes y tus autonomías incapaces de pagar salarios a sus funcionarios? No cuela lo siento, págame más. ¿4% con el consumo de tus ciudadanos cayendo en picado y recaudando cada vez menos? Ah, sí me pagas el 5% o el 6% y subes los impuestos si que te compro deuda y sobre todo a ti, España, que nunca he dudado de que pagarás y únicamente quería que me dieras mas intereses. ¿Qué te he engañado? Sí, pero tú te has dejado engañar chavala, que esto es un juego y he sido más listo que tu querido Gobierno de un país soberano. Yo, especulador, soy el puto amo. ¿Capisci?
Y aquí llegamos a un punto interesante: que hacer para salir de círculo vicioso, pero un vicio que no tiene nada de placentero. Sencillamente lo que siempre se ha hecho y hacen al otro lado del Atlántico, que para quien no lo sepa es Estados Unidos: Incentivar la economía.
Pero, al parecer, esa receta antigua y práctica no es del gusto de los políticos europeos. Ummm, ¿ Europa? ¿Qué tienen que ver con España? Pues mucho como imaginaran ustedes si leen las noticias. Europa marca el ritmo de nuestros recortes desde el asuntillo ese del rescate bancario. Sí, rescate a esas entidades humanitarias llamadas bancos y cajas que prestaban dinero de forma tan altruista ahora se les rescata y todos debemos aplaudir porque eso va en interés del estado y nadie habla de los accionistas que, felices y contentos con ese rescate ven que el precio de sus acciones no cae hasta el Averno financiero. Y si cae…ya nos rescatarán otra vez. “No problemo, baby”
También debemos aplaudir que nos suban los impuestos, paguemos por las recetas, la calidad de la educación sea peor y los derechos de los trabajadores van desapareciendo en aras - signifique lo que signifique “aras” - de un futuro mejor que nunca llega, y un pasado que hubiera podido ser peor en caso de no haber tomado esas medidas. Ambas cosas, pasado y futuro mejores, indemostrables como pueden ustedes suponer y, por ello, debemos hacer un acto de fe porque como pensemos un poquito en todo esto tan divertido van listos nuestros gobernantes.
¿Por qué no se toman medidas similares a las que se toman en Estados Unidos si allí están funcionando? Pues por cabezonería y para evitar quedar en evidencia delante de unos ciudadanos que dentro de cuatro años votan y pueden pensar que rectificar es para los débiles.
Existe una actitud muy extendida en Europa consistente en tener un economista de cabecera con sus locas teoría debajo de la almohada. Los partidos recurren a ambos pero no funcionan. ¿Creen que eso importa cuando ven los datos de la realidad? No, no importa en absoluto y les remito otra vez a lo dicho en párrafo anterior: lo del pasado y el futuro y eso de que cada cuatro años votamos.
Pero lo bien cierto es que la única teoría económica la impone Alemania a la que le importa un carajo la economía y los parados españoles, portugueses o griegos: La Austeridad. A la dama teutona únicamente le importa que se vendan sus coches y sus máquinas y, ahora que ven que cada vez se venden menos porque cada vez menos gente y empresas pueden comprarlas, abre un poquito la mano. ¿Han visto como la lógica hace magia a veces? Los españoles no pueden comprar, tú no puedes vender. Pero claro, los bancos alemanes deben cobrar lo prestado al estado y comunidades para hacer bonitos e inútiles edificios y para eso los manirrotos españoles deben dejar de gastar tanto: Austeridad otra vez. Y otra vez un círculo vicioso.
Pero la lógica no está bien vista en este artificialmente complejo mundo de la economía donde sólo debería reinar una regla: gasta lo que tengas.
Y tras este bonito panorama: ¿Hay luz al final del túnel? Si algo enseña la historia es que saldremos de la crisis pero, algo que no enseña la historia, es saber en qué estado saldremos de este largo túnel. Todo parece indicar que al final del túnel no hace tanto sol como lo hacía al entrar. Que estamos jodidos para aquellos que no entiendan las metáforas o no hagan uso del arte de la ironía.
Ahora Q seguía sin saber porque el desayuno le parecía caro de repente pero si sabía que los días van a ser cada vez más largos. Y, a diferencia de nuestros queridos políticos, espero equivocarme de todo corazón y tener que comerme estas palabras con patatas o puchero si es posible.
Twitter: @diego_llergo